Tremendos pedos se rajaba tía Hortensia.
La pícara.
Ibamos en el Renault 12 por la costanera de Quilmes uno de esos domingos de calor inmundo, una humedad que se te llenaba de mosquitos el auto, y el Rúben pasaba despacito, tratando de encontrar algún lugar para estacionar y tocándole la bocina a las señoritas que caminaban al lado de los autos pero por el lado de la calle, para que les miraran el culo.
Pero para tía Hortensia el culo -en su caso, enorme e insondable-, no era más que una vía de evacuación, razón que parecía justificar que, apretados los seis en el Renault 12, dejara liberar sus pedos con absoluto desprejuicio, lo que para nosotros solamente significaba una falta de consideración por la dignidad humana (la nuestra, y por supuesto, la de ella misma).
Así que, llegados a ese punto, todo el ejercicio consistía en: a) putear a tía Hortensia mientras bajábamos las ventanillas; b) presionar al Rúben para que estacionara rápido; y acto seguido, c) salir despedidos del auto en busca de un poste al cual aferrarnos mientras recuperábamos el aire y nos desintoxicábamos, para luego, c') o d) insultar nuevamente a tía Hortensia y caminar hasta el muelle.
Y por eso siempre pienso, cada vez que recuerdo esta anécdota, siempre pienso, ¿no?, digo, siempre pienso que qué se yo, o sea, digamos, la vida, ¿no? bah, a lo mejor no les parece, pero a mí me parece bastante, bah, en realidad habría que ver, o sea, cada cual es lo que es, pero supongamos que tengo razón, digo, porque uno se coloca en esa situación y bueno, es decir, estás ahí, ¿viste? y entonces no puedo evitar ponerme a pensar que la vida... o sea, la vida es un pedazo de papel picado... se entiende lo que quiero decir, ¿no?
sábado, 28 de abril de 2007
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