Estimadísimos lectores:
Se cumple hoy un aniversario relevante, y es mi deseo celebrarlo con ustedes, en este cálido, quizás lejano, pero nunca carente de amor, espacio virtual de intercambio de palabras. Hoy, queridos leyentes, leyandos, leyistas, es el aniversario de la primera filmación de una película porno con menores de edad en Florencio Varela. Sí, señores, aunque a ustedes se les ponga la piel de gallina, hoy aquí, queremos conmemorar la onírica tarde de 1968 -lluviosa ella-, en la que un joven Roberto Lágar Ompatto, y nuestra ya querida y también sacrificada Marisa Argollanti, cada uno con 17 y 16 años respectivamente por ese entonces, realizaron la primera toma del así denominado "amor desmesurado" que inició la célebre tradición de películas porno que dejó su sello en la incólume localidad de Florencio Varela, a metros nomás de la estación de tren. Tarde aquella, en la que el joven Roberto acicaló los labios de Marisa con gran fulgor, y restregó las sábanas de un corazón gigante de lluvia que bajo el enero podrido de una bondiola de cerdo, regó los cuarteles con carteras de supermercado.
No pudo resistirlo más:
-Jeremías! Jeremías -gritaba la voz cantante de una mañana florida.
-Oh, luciérnaga perdida! -contestó Manuel- ¿Es que acaso no has visto la luz de la noche posándose sobre el río?
De inmediato, María llevó el cargamento sobre su espalda al galope de su corcel, recorriendo todo lo ancho de la finca de Miravalles, y exclamó con emoción, súbitamente: "¡como me gusta comerme la parte del ala!".
Es que, por supuesto, señores la piel de un pollo nunca tiene espinas.
Y claro.
Por eso es que los pájaros ladean la montaña de a cuatro, por eso es que nos gusta el cine violento, del estilo del eximio Tarantino, y en ese contexto, aunque podríamos continuar mencionando sus éxitos por mucho más tiempo, es que quiero dejar este caluroso saludo a los hoy ya casi sexagenarios Roberto Lágar Ompatto y Marisa Argollanti, que con semejante coraje y poniendo el cuerpo, demostraron que todos los laureles de cuarta se los tienen bien ganados.
Salud amigos! Y God Bless America!
Don Evaristo Gutiérrez
domingo, 29 de abril de 2007
sábado, 28 de abril de 2007
La vida es un pedazo de papel picado
Tremendos pedos se rajaba tía Hortensia.
La pícara.
Ibamos en el Renault 12 por la costanera de Quilmes uno de esos domingos de calor inmundo, una humedad que se te llenaba de mosquitos el auto, y el Rúben pasaba despacito, tratando de encontrar algún lugar para estacionar y tocándole la bocina a las señoritas que caminaban al lado de los autos pero por el lado de la calle, para que les miraran el culo.
Pero para tía Hortensia el culo -en su caso, enorme e insondable-, no era más que una vía de evacuación, razón que parecía justificar que, apretados los seis en el Renault 12, dejara liberar sus pedos con absoluto desprejuicio, lo que para nosotros solamente significaba una falta de consideración por la dignidad humana (la nuestra, y por supuesto, la de ella misma).
Así que, llegados a ese punto, todo el ejercicio consistía en: a) putear a tía Hortensia mientras bajábamos las ventanillas; b) presionar al Rúben para que estacionara rápido; y acto seguido, c) salir despedidos del auto en busca de un poste al cual aferrarnos mientras recuperábamos el aire y nos desintoxicábamos, para luego, c') o d) insultar nuevamente a tía Hortensia y caminar hasta el muelle.
Y por eso siempre pienso, cada vez que recuerdo esta anécdota, siempre pienso, ¿no?, digo, siempre pienso que qué se yo, o sea, digamos, la vida, ¿no? bah, a lo mejor no les parece, pero a mí me parece bastante, bah, en realidad habría que ver, o sea, cada cual es lo que es, pero supongamos que tengo razón, digo, porque uno se coloca en esa situación y bueno, es decir, estás ahí, ¿viste? y entonces no puedo evitar ponerme a pensar que la vida... o sea, la vida es un pedazo de papel picado... se entiende lo que quiero decir, ¿no?
La pícara.
Ibamos en el Renault 12 por la costanera de Quilmes uno de esos domingos de calor inmundo, una humedad que se te llenaba de mosquitos el auto, y el Rúben pasaba despacito, tratando de encontrar algún lugar para estacionar y tocándole la bocina a las señoritas que caminaban al lado de los autos pero por el lado de la calle, para que les miraran el culo.
Pero para tía Hortensia el culo -en su caso, enorme e insondable-, no era más que una vía de evacuación, razón que parecía justificar que, apretados los seis en el Renault 12, dejara liberar sus pedos con absoluto desprejuicio, lo que para nosotros solamente significaba una falta de consideración por la dignidad humana (la nuestra, y por supuesto, la de ella misma).
Así que, llegados a ese punto, todo el ejercicio consistía en: a) putear a tía Hortensia mientras bajábamos las ventanillas; b) presionar al Rúben para que estacionara rápido; y acto seguido, c) salir despedidos del auto en busca de un poste al cual aferrarnos mientras recuperábamos el aire y nos desintoxicábamos, para luego, c') o d) insultar nuevamente a tía Hortensia y caminar hasta el muelle.
Y por eso siempre pienso, cada vez que recuerdo esta anécdota, siempre pienso, ¿no?, digo, siempre pienso que qué se yo, o sea, digamos, la vida, ¿no? bah, a lo mejor no les parece, pero a mí me parece bastante, bah, en realidad habría que ver, o sea, cada cual es lo que es, pero supongamos que tengo razón, digo, porque uno se coloca en esa situación y bueno, es decir, estás ahí, ¿viste? y entonces no puedo evitar ponerme a pensar que la vida... o sea, la vida es un pedazo de papel picado... se entiende lo que quiero decir, ¿no?
miércoles, 25 de abril de 2007
Quién es Walter
¿Quién es Walter?, se pregunta la muchachada, intrigada de tanto escucharlo y no entender. Y yo les contesto: Walter somos todos. O en realidad no: Walter es todos aquellos personajes que sostienen el mundo desde las bambalinas: el chico que acomoda los cables sobre el escenario de los recitales (también llamado "plomo"), el pibe del camión de la mudanza, el mozo joven del bar más cercano, el asistente de sonido, el asistente de cámara, el asistente administrativo, el pibe que te alcanza un expediente y no sabés cómo llamarle, el chico de la motito que trae las empanadas, el joven obrero metalúrgico que está dándole a martillazo limpio, el que maneja el camión de mercaderia, el flamante jugador de fútbol de ese equipo de la B.
Por eso, todos somos Walter. Aguante los Walter, que sostienen al mundo con sus manos curtidas y su silencio exquisito.
E.G. (flor de pelotú).
.
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Por eso, todos somos Walter. Aguante los Walter, que sostienen al mundo con sus manos curtidas y su silencio exquisito.
E.G. (flor de pelotú).
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martes, 24 de abril de 2007
Interrogantes de una computadora
Te veo ahí, mirándome.
Quieto.
Sólo una mano
se mueve.
Apenas una muñeca, y un par de dedos.
Una cara blanca y expectante.
Que pareciera estar haciendo algo con fruición.
Cosquillas en mi pecho.
Y me pregunto,
digo,
yo que no soy más que silicio, circuitos y matemática,
pienso… ¿pienso? ¿me pregunto?
¿En dónde es que están las respuestas que te veo buscar?
¿En alguna de las ventanas que se amontonan en mi pantalla?
¿En alguna palabra clave –una contraseña- oculta con frivolidad en el teclado, frente a tus propios ojos, bajo tus mismos dedos, sobre mi cara?
Es que estás buscando una respuesta, ¿no es cierto?
¿No es cierto que a veces, muchas veces, te acercás a este escritorio sólo con excusas?
¿Acaso negarías que estás buscando una luz por detrás de mis haces de luz?
¿No buscás un reflejo que te desvíe para otros lares?
¿No te quedás absorto, mirando como titila este guión de mierda, cómo aparecen y desaparecen los nombres de una lista invisible, que se construye, y se deforma, y se destruye, y que no es nada más que un reflejo?
¿Estás viendo un reflejo?
¿Estás viendo?
¿Ves cómo pasa la vida de un dedo a otro, en un instante que no fue nunca
más que un reflejo de algo en tus ojos?
¿Ves las guerras, los idiomas, la lujuria, las puntas de las íes, las miles de páginas que no vas a poder atestiguar que fueron leídas?
Porque donde no quedan marcas, el viento no tiene nada para llevarse.
Pero tampoco hay viento
ni multitudes.
Hay, sí
sólo vos,
buscándote
en un mundo que no existe.
.
.
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Quieto.
Sólo una mano
se mueve.
Apenas una muñeca, y un par de dedos.
Una cara blanca y expectante.
Que pareciera estar haciendo algo con fruición.
Cosquillas en mi pecho.
Y me pregunto,
digo,
yo que no soy más que silicio, circuitos y matemática,
pienso… ¿pienso? ¿me pregunto?
¿En dónde es que están las respuestas que te veo buscar?
¿En alguna de las ventanas que se amontonan en mi pantalla?
¿En alguna palabra clave –una contraseña- oculta con frivolidad en el teclado, frente a tus propios ojos, bajo tus mismos dedos, sobre mi cara?
Es que estás buscando una respuesta, ¿no es cierto?
¿No es cierto que a veces, muchas veces, te acercás a este escritorio sólo con excusas?
¿Acaso negarías que estás buscando una luz por detrás de mis haces de luz?
¿No buscás un reflejo que te desvíe para otros lares?
¿No te quedás absorto, mirando como titila este guión de mierda, cómo aparecen y desaparecen los nombres de una lista invisible, que se construye, y se deforma, y se destruye, y que no es nada más que un reflejo?
¿Estás viendo un reflejo?
¿Estás viendo?
¿Ves cómo pasa la vida de un dedo a otro, en un instante que no fue nunca
más que un reflejo de algo en tus ojos?
¿Ves las guerras, los idiomas, la lujuria, las puntas de las íes, las miles de páginas que no vas a poder atestiguar que fueron leídas?
Porque donde no quedan marcas, el viento no tiene nada para llevarse.
Pero tampoco hay viento
ni multitudes.
Hay, sí
sólo vos,
buscándote
en un mundo que no existe.
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sábado, 21 de abril de 2007
Elogio del inodoro
Sin la menor intención de ponerme escatológico, hoy quisiera rescatar todos aquellos momentos en los que, cada día o día por medio, según el organismo de cada cual, sobreviene el inevitable pero tan fructífero acto de ir al baño a cagar.
Para nada voy a fomentar la morbo; muy por el contrario, deseo enfatizar la sacralidad de este vital espacio de tiempo que rodea al acto que a todos nos toca vivenciar, y que además de redimir nuestro cuerpo, sirve como excusa para realizar las más variopintas actividades de nuestra existencia.
Más aún, estoy en condiciones de afirmar que, con independencia de cuál sea la actividad paralela a la que nos convoca, durante las largas pausas que voluntaria o involuntariamente nos concede la tarea central, el ser humano logra alcanzar un estado de máxima concentración, creatividad y percepción mental, lo que da como resultado que cualquier actividad realizada (como por ejemplo, leer una novela, escribir un artículo) adquiera un nivel de profundidad y calidad virtuosos, superior al resto de nuestros momentos de la vida cotidiana.
Esto, claro, forma ya parte de un mito que quizás nos haría sospechar de su veracidad; muchas voces han venerado ya las cualidades positivas de este momento místico y personal de la vida humana, y mucho se ha exagerado o incluso mentido acerca de hechos cruciales del devenir histórico y artístico que, supuestamente, se habrían pergeñado desde el inodoro o bacinilla de un simple baño. No obstante, como en el mundo de la cultura lo más complejo es separar la paja del trigo, me animo a sostener que, mitos y mentiras aparte, el acto de cagar tiene un gran e insospechado potencial creativo, el cual -atención, amigos- no todos tienen en claro. Hay gente que lo sufre, o que lo toma como un mal necesario, de trámite lo más rápido posible, y también hay otra gente -la mayoría en general- que encuentra en el acto de cagar una mera fuente de hedonismo orgánico, autocomplaciente, o que lo alimenta con revistas de lectura fácil, o libros de baja calaña.
Sin embargo, pocos se han planteado seriamente la posibilidad de reservarse un auténtico par de horas para este acto providencial, y asignarle tareas que sean importantes para las cuestiones de cada cual. He sabido de profesionales que han escrito los párrafos nodales de ciertos informes para el Banco Mundial en un cuaderno apoyado sobre las rodillas desnudas, científicos que han encontrado, en este estado de relax mental y pantalones bajos, el eslabón que faltaba para verificar determinadas hipótesis cuya resolución parecía no condecirse con los resultados de la experimentación; también recibí comentarios de buenas fuentes acerca de un número significativo de decisiones de divorcio y de casamiento cuyo valor fue encontrado en la intimidad de ese paisaje cercano y protector de cerámica y azulejos, o de artistas que encontraron esa inspiración que les andaba faltando en el hediondo sopor de su propia excrecencia, quizás porque todos ellos eran conscientes de la relevancia capital de este rato mágico, y lo explotaban con fruición (el cual, por supuesto, no es mi caso, que no hago más que leer revistas Condorito, pero como teoría me parece muy buena, quizás porque la desarrollé en el blanco trono). Hasta llegué a escuchar acerca de una serie de sujetos que, advertidos sobre este fenómeno, intentaron infructuosamente inspirarse sentándose en la tabla del inodoro aunque no tuvieran necesidad de ir de cuerpo.
Lo cierto es que, en cualquier caso, el inodoro del baño, ese fiel destinatario de nuestras más desagradables deposiciones, parece destinado a ser, más que un simple baño, el núcleo abigarrado de nuestra mayor lucidez y apertura mental. Y el acto de cagar, en este contexto, no es sino la máxima y virtuosa expresión de este desarrollo.
Por eso, en tren de homenajear la importancia de estos ratos aparentemente "residuales" alrededor de la afilada de uñas contra la pared, del monstruoso esfuerzo físico que reclama el esfínter, ratos en que se encienden todas las luces de nuestra subjetividad, levanto mi copa y le digo, al hombre y la mujer de todos los días: por favor, tómese un buen tiempo para cagar, llevese sus mejores libros y cuadernos, tenga preparado papel y lápiz, porque cagar, le aseguro, cagar es crear.
Para nada voy a fomentar la morbo; muy por el contrario, deseo enfatizar la sacralidad de este vital espacio de tiempo que rodea al acto que a todos nos toca vivenciar, y que además de redimir nuestro cuerpo, sirve como excusa para realizar las más variopintas actividades de nuestra existencia.
Más aún, estoy en condiciones de afirmar que, con independencia de cuál sea la actividad paralela a la que nos convoca, durante las largas pausas que voluntaria o involuntariamente nos concede la tarea central, el ser humano logra alcanzar un estado de máxima concentración, creatividad y percepción mental, lo que da como resultado que cualquier actividad realizada (como por ejemplo, leer una novela, escribir un artículo) adquiera un nivel de profundidad y calidad virtuosos, superior al resto de nuestros momentos de la vida cotidiana.
Esto, claro, forma ya parte de un mito que quizás nos haría sospechar de su veracidad; muchas voces han venerado ya las cualidades positivas de este momento místico y personal de la vida humana, y mucho se ha exagerado o incluso mentido acerca de hechos cruciales del devenir histórico y artístico que, supuestamente, se habrían pergeñado desde el inodoro o bacinilla de un simple baño. No obstante, como en el mundo de la cultura lo más complejo es separar la paja del trigo, me animo a sostener que, mitos y mentiras aparte, el acto de cagar tiene un gran e insospechado potencial creativo, el cual -atención, amigos- no todos tienen en claro. Hay gente que lo sufre, o que lo toma como un mal necesario, de trámite lo más rápido posible, y también hay otra gente -la mayoría en general- que encuentra en el acto de cagar una mera fuente de hedonismo orgánico, autocomplaciente, o que lo alimenta con revistas de lectura fácil, o libros de baja calaña.
Sin embargo, pocos se han planteado seriamente la posibilidad de reservarse un auténtico par de horas para este acto providencial, y asignarle tareas que sean importantes para las cuestiones de cada cual. He sabido de profesionales que han escrito los párrafos nodales de ciertos informes para el Banco Mundial en un cuaderno apoyado sobre las rodillas desnudas, científicos que han encontrado, en este estado de relax mental y pantalones bajos, el eslabón que faltaba para verificar determinadas hipótesis cuya resolución parecía no condecirse con los resultados de la experimentación; también recibí comentarios de buenas fuentes acerca de un número significativo de decisiones de divorcio y de casamiento cuyo valor fue encontrado en la intimidad de ese paisaje cercano y protector de cerámica y azulejos, o de artistas que encontraron esa inspiración que les andaba faltando en el hediondo sopor de su propia excrecencia, quizás porque todos ellos eran conscientes de la relevancia capital de este rato mágico, y lo explotaban con fruición (el cual, por supuesto, no es mi caso, que no hago más que leer revistas Condorito, pero como teoría me parece muy buena, quizás porque la desarrollé en el blanco trono). Hasta llegué a escuchar acerca de una serie de sujetos que, advertidos sobre este fenómeno, intentaron infructuosamente inspirarse sentándose en la tabla del inodoro aunque no tuvieran necesidad de ir de cuerpo.
Lo cierto es que, en cualquier caso, el inodoro del baño, ese fiel destinatario de nuestras más desagradables deposiciones, parece destinado a ser, más que un simple baño, el núcleo abigarrado de nuestra mayor lucidez y apertura mental. Y el acto de cagar, en este contexto, no es sino la máxima y virtuosa expresión de este desarrollo.
Por eso, en tren de homenajear la importancia de estos ratos aparentemente "residuales" alrededor de la afilada de uñas contra la pared, del monstruoso esfuerzo físico que reclama el esfínter, ratos en que se encienden todas las luces de nuestra subjetividad, levanto mi copa y le digo, al hombre y la mujer de todos los días: por favor, tómese un buen tiempo para cagar, llevese sus mejores libros y cuadernos, tenga preparado papel y lápiz, porque cagar, le aseguro, cagar es crear.
miércoles, 18 de abril de 2007
Aprendiz - un cuento vernáculo
Un amigo mío me pasó un cuento muy breve: malo pero entretenido.
Aquí se los dejo. Con amor, Evaristo Gutiérrez
APRENDIZ
Por Manuel Miranda (un amigo de la casa)
El auto dio la vuelta a la Plaza de Mayo, esperó en el semáforo, y tomó la Diagonal Norte hacia el Obelisco. Manuel pensaba bajar por 9 de julio hasta Libertador, y desde ahí directo a su casa.
Pero cuando faltaban dos cuadras para llegar a la 9 de julio, a través del parabrisas notó que un policía le chiflaba con el silbato y, haciendo un ademán con su brazo azul marino, le ordenaba parar y estacionarse. También vio que había dos o tres autos en iguales condiciones. Mientras iba frenando miró hacia atrás para fijarse si se había pasado el semáforo en rojo, y pispeó los documentos del auto.
El motor quedó en punto muerto, y por el espejito retrovisor vio venir al polícia a paso lento y remilgado. Un gordo de canas con su camisa azul marino a reventar, libretita y lapicera en mano.
Bajó la ventanilla. El humo y el ruido de un colectivo que pasó muy cerca entró a la cabina y lo hizo toser y aturdirse.
—Buenos días, señor —dijo breve el policía, analizando tal vez la cara de Manuel.
—Cómo le va, oficial —contestó, intranquilo, acordándose de que su viejo una vez le había dicho: “a estos tipos les encanta que les digas oficial”.
—Permiso para conducir, tarjeta de identificación del automóvil y comprobante del seguro, por favor.
—Sí. Acá están.
Le extendió las tarjetas y se dio cuenta de que le temblaban las manos. El agente las chequeó, asintió e hizo una pausa, mirando a su interlocutor. Manuel no se inmutó.
—¿Sabés lo que hiciste, pibe...? —le dijo, indagándolo, e hizo una pausa antes de seguir hablando- No tenés ni idea, ¿no?
—No. No sé, oficial. La verdad es que no sé qué hice.
El policía chistó y negó con la cabeza, con desaprobación casi paternal, quizás para demostrar su fastidio. Él acompañó el gesto, y trató de imaginarse qué carajo había hecho. Ya se le vino a la mente la cifra de doscientos cincuenta pesos o algo así de multa.
—¿Ves ese cartel? —alzó el brazo señalando hacia delante. Mientras asentía a la pregunta sin decir nada, Manuel se lamentó al ver, algunos metros más allá, el cartel, bastante evidente: un círculo azul con un auto dibujado, cruzado por una franja roja en diagonal.
—Eso quiere decir -continuó el agente- que por esta avenida no pueden circular automóviles particulares; sólo taxis y colectivos.
Tenía una voz baja y perezoza, como si acabara de levantarse de la siesta. Manuel suspiró largo, mirando hacia el volante.
—Claro.
—Y vos estás manejando en zona prohibida...
-Entiendo...
Hubo una pausa. El policía pestañó varias veces con otro gesto de fastidio, siempre mirando hacia más allá. Parecía sentirse realmente incómodo por tener que comprobar la impericia de los jóvenes al volante.
—No puede ser, che... —protestó, casi diríamos defraudado—, vos tenés que mirar bien por dónde vas...
Manuel no contestó nada.
—¿Sos consciente de la infracción?
—Sí, sí. La acepto —respondió—. La verdad, le digo para ser sincero, es que no vi el cartel, realmente no lo vi. Yo nunca ando en auto por acá.
El policía chistó una vez más, haciendo ese gesto con la boca. Y se acercó un poco más la ventanilla.
—¿Para dónde ibas, pibe?
—Bueno, venía de San Telmo, y pensaba agarrar 9 de julio hasta Libertador, y de ahí hasta Palermo. Yo vivo en Palermo.
—Claro... pero por acá de lunes a viernes no se puede pasar.
—Sí. Ahora ya lo sé. Pero francamente, no lo sabía. No tengo nada que decir.
—Claro...
Una pausa decisiva. El policía miró hacia otro lado, hacia la avenida, los colectivos y los taxis, mientras Manuel se preguntaba qué venía ahora. Pensó en la deuda que tenía con Lucas. Todavía le debía doscientos mangos, y estaba con la guita justa.
—Y bueno —dijo el policía gordo y canoso, y se ajustó el cinturón del pantalón—, ¿qué hacemo’?
¿Cómo que qué hacemos?, se preguntó Manuel, mientras caía en la cuenta, todavía no muy curtido él, de que estaba en una encrucijada.
—Y, no sé... —contestó, y su respuesta fue bastante sincera.
—Mirá —replicó el policía cerrando los ojos, como quien explica un juego de cartas a un recién iniciado—, la multa por esta infracción son unos... ciento noventa pesos… Vos hacé lo que te parezca. Pero te digo sinceramente que es un dolor de cabeza. Son ciento noventa mangos...
Una mezcla de sensaciones invadió su cabeza. Imágenes. Estos son los momentos —se dijo— en donde se comprueba quién es verdaderamente honesto y quién se llena la boca con palabras. Ciento noventa pesos. Era casi lo que le debía a Lucas. No, pero el concepto. El concepto era lo importante. ¿Vas hacer la fácil, te vas a escapar por el resquicio, como el típico argentino medio? ¿Vas a alimentar la convicción de este gordo sucio, de este yuta ventajero, de que todos somos la misma basura? ¿Vas a contribuir a hacer todo un poquito más espúreo, vos que siempre condenás la corrupción?
No sabía qué hacer. Se sentía involuntariamente metido en una situación desagradable, y que no sabía manejar. Como para no tomar una decisión sobre nada, optó por seguir tanteando.
—¿...Y cuánto sería? —preguntó, horrorizado por sus propias palabras.
Pensó en el clásico dicho, “esta generación está perdida”, y eso le clavó todavía más el puñal de la culpa.
—Ah, no sé. Eso lo decidís vos.
Peor. Todo recaía sobre sus propios hombros. Jamás había visto a sus viejos coimear a un policía. Al contrario, ellos siempre habían logrado disuadirlos con argumentos fuertes, y eventualmente, cuando había sido cierto, recordaba que habían pagado sus multas como correspondía. Pero Manuel, inexperto y sin un mango de ahorro, no sabía qué hacer, entre la culpa y la impotencia de saber que él con suerte juntaba quinientos pesos por mes que le alcanzaban justo, y no estaba dispuesto a aceptar que los viejos supieran que le habían enchufado una multa.
Miró hacia la calle, y todo seguía como hasta recién, además del policía gordo que tenía encima: los autos pasando a un costado, el semáforo en verde, los oficinistas, el ruido de los colectivos, los taxis andando lento por la mano derecha... De pronto sacó la billetera del bolsillo y buscó todo lo que había. O bueno, casi. Tenía doce pesos, pero en el fondo, doblado en cuatro contra un ángulo de la tela, distinguió un billete de $50. Era demasiado. Sacó sólo los doce pesos, verificando de reojo que el gordo no alcanzara a ver esta operación.
—Bueno —dijo al fin, levantando la cabeza, con la voz temblando—, no sé, todo lo que tengo es doce pesos. No sé. No sé si es suficiente.
No lo podía creer de sí mismo. No era él. No podía creer que lo hiciera. Qué él estuviera haciendo esto. No estaba actuando racionalmente, simplemente actuaba. Como si una fuerza superior condujese sus actos y sus palabras.
—Está bien, querido, es más que suficiente —contestó rápido el gordo, sin hacer gesto—. Ahora vas a hacer lo que te digo: yo te devuelvo las tarjetas, y vos, tranquilito, lo metés entre las dos.
Como un aprendiz obediente, realizó la operación que le había indicado el agente, y le alcanzó otra vez las tarjetas, temblando de miedo.
Bajó la mirada. No quería ver la satisfacción de ese sapo inmundo, el placer de sacarle plata a un pendejo y comprobar el éxito de la fórmula una vez más. Y no quería verse a sí mismo en aquel sapo inmundo.
—Tomá, pibe —el policía le devolvió las tarjetas y se detuvo un instante—. ¿Sabés por qué te digo que es más que suficiente?
Manuel levantó las cejas preguntándose qué venía ahora.
—No. No sé.
El gordo se acomodó en una postura reflexiva y empezó a indicar con su dedo:
—Es más que suficiente porque vos, vos has tenido la entereza de decir: bueno, le doy todo lo que tengo. Eso vale mucho, y te hace ser alguien distinto.
Lo dijo con una solemnidad notable. Y continuó:
—...no todos son como vos. No no. Vos has tenido la entereza de reconocer tu error, y hacer lo que fuera necesario para resarcirlo. Así que, pibe, yo te felicito, en serio, y te deseo la mejor suerte.
Manuel no entendía dónde era que había algún tipo de dignidad en todo eso. No supo qué contestarle; estaba confundido y a la vez algo empezaba a molestarle.
—Ahora —dijo nuevamente el policía— escuchame bien. Doblás acá en el semáforo de giro en Suipacha, ahí salís a Carlos Pellegrini y podés bajar hasta Libertador, ¿entendiste?
Manuel asintió.
—Y tené cuidado para la próxima, mirá bien los carteles y cuidate, que hay mucha gente de mierda por la calle.
Y le palmeó el hombro.
—Gracias... —dijo Manuel, sin estar muy convencido de que tuviera que decirlo.
Se fue manejando, aturdido. Al llegar a su casa guardó el auto en el garage y no se lo comentó a nadie, avergonzado. Pero por suerte, al día siguiente el asunto dejó de herirlo como esa noche, e incluso lo comentó como broma en una reunión de amigos.
Aquí se los dejo. Con amor, Evaristo Gutiérrez
APRENDIZ
Por Manuel Miranda (un amigo de la casa)
El auto dio la vuelta a la Plaza de Mayo, esperó en el semáforo, y tomó la Diagonal Norte hacia el Obelisco. Manuel pensaba bajar por 9 de julio hasta Libertador, y desde ahí directo a su casa.
Pero cuando faltaban dos cuadras para llegar a la 9 de julio, a través del parabrisas notó que un policía le chiflaba con el silbato y, haciendo un ademán con su brazo azul marino, le ordenaba parar y estacionarse. También vio que había dos o tres autos en iguales condiciones. Mientras iba frenando miró hacia atrás para fijarse si se había pasado el semáforo en rojo, y pispeó los documentos del auto.
El motor quedó en punto muerto, y por el espejito retrovisor vio venir al polícia a paso lento y remilgado. Un gordo de canas con su camisa azul marino a reventar, libretita y lapicera en mano.
Bajó la ventanilla. El humo y el ruido de un colectivo que pasó muy cerca entró a la cabina y lo hizo toser y aturdirse.
—Buenos días, señor —dijo breve el policía, analizando tal vez la cara de Manuel.
—Cómo le va, oficial —contestó, intranquilo, acordándose de que su viejo una vez le había dicho: “a estos tipos les encanta que les digas oficial”.
—Permiso para conducir, tarjeta de identificación del automóvil y comprobante del seguro, por favor.
—Sí. Acá están.
Le extendió las tarjetas y se dio cuenta de que le temblaban las manos. El agente las chequeó, asintió e hizo una pausa, mirando a su interlocutor. Manuel no se inmutó.
—¿Sabés lo que hiciste, pibe...? —le dijo, indagándolo, e hizo una pausa antes de seguir hablando- No tenés ni idea, ¿no?
—No. No sé, oficial. La verdad es que no sé qué hice.
El policía chistó y negó con la cabeza, con desaprobación casi paternal, quizás para demostrar su fastidio. Él acompañó el gesto, y trató de imaginarse qué carajo había hecho. Ya se le vino a la mente la cifra de doscientos cincuenta pesos o algo así de multa.
—¿Ves ese cartel? —alzó el brazo señalando hacia delante. Mientras asentía a la pregunta sin decir nada, Manuel se lamentó al ver, algunos metros más allá, el cartel, bastante evidente: un círculo azul con un auto dibujado, cruzado por una franja roja en diagonal.
—Eso quiere decir -continuó el agente- que por esta avenida no pueden circular automóviles particulares; sólo taxis y colectivos.
Tenía una voz baja y perezoza, como si acabara de levantarse de la siesta. Manuel suspiró largo, mirando hacia el volante.
—Claro.
—Y vos estás manejando en zona prohibida...
-Entiendo...
Hubo una pausa. El policía pestañó varias veces con otro gesto de fastidio, siempre mirando hacia más allá. Parecía sentirse realmente incómodo por tener que comprobar la impericia de los jóvenes al volante.
—No puede ser, che... —protestó, casi diríamos defraudado—, vos tenés que mirar bien por dónde vas...
Manuel no contestó nada.
—¿Sos consciente de la infracción?
—Sí, sí. La acepto —respondió—. La verdad, le digo para ser sincero, es que no vi el cartel, realmente no lo vi. Yo nunca ando en auto por acá.
El policía chistó una vez más, haciendo ese gesto con la boca. Y se acercó un poco más la ventanilla.
—¿Para dónde ibas, pibe?
—Bueno, venía de San Telmo, y pensaba agarrar 9 de julio hasta Libertador, y de ahí hasta Palermo. Yo vivo en Palermo.
—Claro... pero por acá de lunes a viernes no se puede pasar.
—Sí. Ahora ya lo sé. Pero francamente, no lo sabía. No tengo nada que decir.
—Claro...
Una pausa decisiva. El policía miró hacia otro lado, hacia la avenida, los colectivos y los taxis, mientras Manuel se preguntaba qué venía ahora. Pensó en la deuda que tenía con Lucas. Todavía le debía doscientos mangos, y estaba con la guita justa.
—Y bueno —dijo el policía gordo y canoso, y se ajustó el cinturón del pantalón—, ¿qué hacemo’?
¿Cómo que qué hacemos?, se preguntó Manuel, mientras caía en la cuenta, todavía no muy curtido él, de que estaba en una encrucijada.
—Y, no sé... —contestó, y su respuesta fue bastante sincera.
—Mirá —replicó el policía cerrando los ojos, como quien explica un juego de cartas a un recién iniciado—, la multa por esta infracción son unos... ciento noventa pesos… Vos hacé lo que te parezca. Pero te digo sinceramente que es un dolor de cabeza. Son ciento noventa mangos...
Una mezcla de sensaciones invadió su cabeza. Imágenes. Estos son los momentos —se dijo— en donde se comprueba quién es verdaderamente honesto y quién se llena la boca con palabras. Ciento noventa pesos. Era casi lo que le debía a Lucas. No, pero el concepto. El concepto era lo importante. ¿Vas hacer la fácil, te vas a escapar por el resquicio, como el típico argentino medio? ¿Vas a alimentar la convicción de este gordo sucio, de este yuta ventajero, de que todos somos la misma basura? ¿Vas a contribuir a hacer todo un poquito más espúreo, vos que siempre condenás la corrupción?
No sabía qué hacer. Se sentía involuntariamente metido en una situación desagradable, y que no sabía manejar. Como para no tomar una decisión sobre nada, optó por seguir tanteando.
—¿...Y cuánto sería? —preguntó, horrorizado por sus propias palabras.
Pensó en el clásico dicho, “esta generación está perdida”, y eso le clavó todavía más el puñal de la culpa.
—Ah, no sé. Eso lo decidís vos.
Peor. Todo recaía sobre sus propios hombros. Jamás había visto a sus viejos coimear a un policía. Al contrario, ellos siempre habían logrado disuadirlos con argumentos fuertes, y eventualmente, cuando había sido cierto, recordaba que habían pagado sus multas como correspondía. Pero Manuel, inexperto y sin un mango de ahorro, no sabía qué hacer, entre la culpa y la impotencia de saber que él con suerte juntaba quinientos pesos por mes que le alcanzaban justo, y no estaba dispuesto a aceptar que los viejos supieran que le habían enchufado una multa.
Miró hacia la calle, y todo seguía como hasta recién, además del policía gordo que tenía encima: los autos pasando a un costado, el semáforo en verde, los oficinistas, el ruido de los colectivos, los taxis andando lento por la mano derecha... De pronto sacó la billetera del bolsillo y buscó todo lo que había. O bueno, casi. Tenía doce pesos, pero en el fondo, doblado en cuatro contra un ángulo de la tela, distinguió un billete de $50. Era demasiado. Sacó sólo los doce pesos, verificando de reojo que el gordo no alcanzara a ver esta operación.
—Bueno —dijo al fin, levantando la cabeza, con la voz temblando—, no sé, todo lo que tengo es doce pesos. No sé. No sé si es suficiente.
No lo podía creer de sí mismo. No era él. No podía creer que lo hiciera. Qué él estuviera haciendo esto. No estaba actuando racionalmente, simplemente actuaba. Como si una fuerza superior condujese sus actos y sus palabras.
—Está bien, querido, es más que suficiente —contestó rápido el gordo, sin hacer gesto—. Ahora vas a hacer lo que te digo: yo te devuelvo las tarjetas, y vos, tranquilito, lo metés entre las dos.
Como un aprendiz obediente, realizó la operación que le había indicado el agente, y le alcanzó otra vez las tarjetas, temblando de miedo.
Bajó la mirada. No quería ver la satisfacción de ese sapo inmundo, el placer de sacarle plata a un pendejo y comprobar el éxito de la fórmula una vez más. Y no quería verse a sí mismo en aquel sapo inmundo.
—Tomá, pibe —el policía le devolvió las tarjetas y se detuvo un instante—. ¿Sabés por qué te digo que es más que suficiente?
Manuel levantó las cejas preguntándose qué venía ahora.
—No. No sé.
El gordo se acomodó en una postura reflexiva y empezó a indicar con su dedo:
—Es más que suficiente porque vos, vos has tenido la entereza de decir: bueno, le doy todo lo que tengo. Eso vale mucho, y te hace ser alguien distinto.
Lo dijo con una solemnidad notable. Y continuó:
—...no todos son como vos. No no. Vos has tenido la entereza de reconocer tu error, y hacer lo que fuera necesario para resarcirlo. Así que, pibe, yo te felicito, en serio, y te deseo la mejor suerte.
Manuel no entendía dónde era que había algún tipo de dignidad en todo eso. No supo qué contestarle; estaba confundido y a la vez algo empezaba a molestarle.
—Ahora —dijo nuevamente el policía— escuchame bien. Doblás acá en el semáforo de giro en Suipacha, ahí salís a Carlos Pellegrini y podés bajar hasta Libertador, ¿entendiste?
Manuel asintió.
—Y tené cuidado para la próxima, mirá bien los carteles y cuidate, que hay mucha gente de mierda por la calle.
Y le palmeó el hombro.
—Gracias... —dijo Manuel, sin estar muy convencido de que tuviera que decirlo.
Se fue manejando, aturdido. Al llegar a su casa guardó el auto en el garage y no se lo comentó a nadie, avergonzado. Pero por suerte, al día siguiente el asunto dejó de herirlo como esa noche, e incluso lo comentó como broma en una reunión de amigos.
jueves, 12 de abril de 2007
Los asientos del aeropuerto de Frankfurt
Una vez conocí a un personaje entrañable.
Aníbal se llamaba. O se llama, no se murió, pero ya no lo veo más.
Aníbal, el "negro", usaba una salida de baño o "albornoz" en las reuniones de amigos, y tenía en el living una barra para servir tragos. Bah, en realidad nunca le vi servir un trago a alguien que no fuera a él, pero la barra quedaba re chuchi en el living. Qué galán, con su barra, el tipo.
Vivimos muchas cosas juntos, boló, y ahora me sientos un poco vacíos que ya no está cercas. Posssta. Era una ternura verlo llegar con su aspecto de papá de Mafalda pero recio, el guapo de Avellaneda, sacando pecho de un día más en la lucha, en la universidad de la calle, en esa realidad amenazante que era la vida, pero él llegaba a casita y se encontraba con el orden y la armonía.
Aníbal corazón. Un tipo duro pero de corazón noble. Eso sí, un poco racista, el que era tan blanco, y apenitas fascista -aunque no creo que conociera el significado del término "fascista"-, pero ¿vio?, nadie es perfecto.
Nunca me voy a olvidar de él en una reunión, como en tantas otras, donde sacaba a relucir sus acendrados conocimientos-acerca-de-todo. Aníbal te bate la justa, te canta las cuarenta y te dice donde están los giles. Me cacho en dié, qué tipo sabio. No te dejaba hablar, o ya no querías hablar, porque todo lo que uno dice son forradas, y el va a tener la posta. Posta te lo digo. Como esa vez de la reunión, la pucha, qué deleite, él con su "rot de yam", disertando sobre sus viajes a Europa, el tipo conoce. Porque te cuenta, y casi me muero con esta, el tipo nos contó cómo son los asientos del aeropuerto de Frankfurt. Que él se los conoce de memoria, porque las veces que fue, probó primero en un costado, y después en el otro, y tenían como un respaldo especial, y ojo que no te vas a encontrar asientos como esos, con una tela especial que está en muy pocos aeropuertos. No, si él no se va a sentar en cualquier lado, y aparte, qué se yo, hay que conocer mundo. Y como esos asientos, puff! Ni te cuento las cosas que encontrás. Estos alemanes son grosos, y aparte, Frankfurt tiene el mejor aeropuerto. No la gilada de Berlín, na. Y bueno, sí, es cuestión de viajar y conocer mundo. Los asientos del aeropuerto de Frankfurt son lo más.
Qué cosa... casi que lo extraño. Aníbal corazón.
Aníbal se llamaba. O se llama, no se murió, pero ya no lo veo más.
Aníbal, el "negro", usaba una salida de baño o "albornoz" en las reuniones de amigos, y tenía en el living una barra para servir tragos. Bah, en realidad nunca le vi servir un trago a alguien que no fuera a él, pero la barra quedaba re chuchi en el living. Qué galán, con su barra, el tipo.
Vivimos muchas cosas juntos, boló, y ahora me sientos un poco vacíos que ya no está cercas. Posssta. Era una ternura verlo llegar con su aspecto de papá de Mafalda pero recio, el guapo de Avellaneda, sacando pecho de un día más en la lucha, en la universidad de la calle, en esa realidad amenazante que era la vida, pero él llegaba a casita y se encontraba con el orden y la armonía.
Aníbal corazón. Un tipo duro pero de corazón noble. Eso sí, un poco racista, el que era tan blanco, y apenitas fascista -aunque no creo que conociera el significado del término "fascista"-, pero ¿vio?, nadie es perfecto.
Nunca me voy a olvidar de él en una reunión, como en tantas otras, donde sacaba a relucir sus acendrados conocimientos-acerca-de-todo. Aníbal te bate la justa, te canta las cuarenta y te dice donde están los giles. Me cacho en dié, qué tipo sabio. No te dejaba hablar, o ya no querías hablar, porque todo lo que uno dice son forradas, y el va a tener la posta. Posta te lo digo. Como esa vez de la reunión, la pucha, qué deleite, él con su "rot de yam", disertando sobre sus viajes a Europa, el tipo conoce. Porque te cuenta, y casi me muero con esta, el tipo nos contó cómo son los asientos del aeropuerto de Frankfurt. Que él se los conoce de memoria, porque las veces que fue, probó primero en un costado, y después en el otro, y tenían como un respaldo especial, y ojo que no te vas a encontrar asientos como esos, con una tela especial que está en muy pocos aeropuertos. No, si él no se va a sentar en cualquier lado, y aparte, qué se yo, hay que conocer mundo. Y como esos asientos, puff! Ni te cuento las cosas que encontrás. Estos alemanes son grosos, y aparte, Frankfurt tiene el mejor aeropuerto. No la gilada de Berlín, na. Y bueno, sí, es cuestión de viajar y conocer mundo. Los asientos del aeropuerto de Frankfurt son lo más.
Qué cosa... casi que lo extraño. Aníbal corazón.
Uno, dos, tres, probando...
Claro.
El tipo la quiere fácil.
No entiende, en primerísimo lugar, que a la Porota no le gusta que le digan Porota; quiere que le digan "Melani", que es como le puso el papae.
Pero ni Porota, ni el papae entienden que, por más originalidad y Edipo que valga, el nombre "Melanie" es una poronga. Si me permiten la expresión.
El caso es que, mientras que la Porota le corte los cables y no piense, como piensa él que ella puede pensar, que "Porota" es un nombre sexy que sirve para iniciar una sucesión de lambetazos en la oreja que desembocan voluptuosamente en una metida de mano abajo de la falda, la cosa no marcha.
Y no la quiere entender. No.
"Dale, Poro", le dice, "dejate jodé y leritbí, cosita, dale que la vida es una sola, dejame esprimirte los poros. Dale, caramelito secsi. Vo sos mi pedazo de luna en el cielo, Poro, sos una vainilla con Nesquik, vas a ver que te saco la tanguita con los dientes y te va a encantar, que además, guachita, te la pusiste a propósito, con ese hilito de mierda que se te ve todo el cavado.
Pero no.
La Poro no cede. Y-quiere-que-le-diga "Melanie".
Así que visto y considerando, sin más remedio, Evaristo Gutiérrez se corre el ganzo hacia el costado, resignado, para que no le joda más -total no la va a poner esta noche-, le pide a regañadientes de ir al baño, hosco, huraño, resentido, caliente, y vuelve a los cinco minutos, más relajado, sin ganas de tocar nunca más a la gorda chota esa que tiene ahí enfrente esperando la carroza, se da media vuelta y se vuelve a su casa, para ponerse a escribir este blog, que es la quintaesencia de su feroz literatura, la sublimación de una bomba incontenible, el pálido reflejo de un talento negado, el fiel testimonio de un artista amateur.
Y sí, es el rincón de Evaristo Gutiérrez, un misceláneo que mejor no te digo. Si supieras. La puchas, papita pal loro.
El tipo la quiere fácil.
No entiende, en primerísimo lugar, que a la Porota no le gusta que le digan Porota; quiere que le digan "Melani", que es como le puso el papae.
Pero ni Porota, ni el papae entienden que, por más originalidad y Edipo que valga, el nombre "Melanie" es una poronga. Si me permiten la expresión.
El caso es que, mientras que la Porota le corte los cables y no piense, como piensa él que ella puede pensar, que "Porota" es un nombre sexy que sirve para iniciar una sucesión de lambetazos en la oreja que desembocan voluptuosamente en una metida de mano abajo de la falda, la cosa no marcha.
Y no la quiere entender. No.
"Dale, Poro", le dice, "dejate jodé y leritbí, cosita, dale que la vida es una sola, dejame esprimirte los poros. Dale, caramelito secsi. Vo sos mi pedazo de luna en el cielo, Poro, sos una vainilla con Nesquik, vas a ver que te saco la tanguita con los dientes y te va a encantar, que además, guachita, te la pusiste a propósito, con ese hilito de mierda que se te ve todo el cavado.
Pero no.
La Poro no cede. Y-quiere-que-le-diga "Melanie".
Así que visto y considerando, sin más remedio, Evaristo Gutiérrez se corre el ganzo hacia el costado, resignado, para que no le joda más -total no la va a poner esta noche-, le pide a regañadientes de ir al baño, hosco, huraño, resentido, caliente, y vuelve a los cinco minutos, más relajado, sin ganas de tocar nunca más a la gorda chota esa que tiene ahí enfrente esperando la carroza, se da media vuelta y se vuelve a su casa, para ponerse a escribir este blog, que es la quintaesencia de su feroz literatura, la sublimación de una bomba incontenible, el pálido reflejo de un talento negado, el fiel testimonio de un artista amateur.
Y sí, es el rincón de Evaristo Gutiérrez, un misceláneo que mejor no te digo. Si supieras. La puchas, papita pal loro.
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