miércoles, 18 de abril de 2007

Aprendiz - un cuento vernáculo

Un amigo mío me pasó un cuento muy breve: malo pero entretenido.
Aquí se los dejo. Con amor, Evaristo Gutiérrez


APRENDIZ
Por Manuel Miranda (un amigo de la casa)


El auto dio la vuelta a la Plaza de Mayo, esperó en el semáforo, y tomó la Diagonal Norte hacia el Obelisco. Manuel pensaba bajar por 9 de julio hasta Libertador, y desde ahí directo a su casa.
Pero cuando faltaban dos cuadras para llegar a la 9 de julio, a través del parabrisas notó que un policía le chiflaba con el silbato y, haciendo un ademán con su brazo azul marino, le ordenaba parar y estacionarse. También vio que había dos o tres autos en iguales condiciones. Mientras iba frenando miró hacia atrás para fijarse si se había pasado el semáforo en rojo, y pispeó los documentos del auto.
El motor quedó en punto muerto, y por el espejito retrovisor vio venir al polícia a paso lento y remilgado. Un gordo de canas con su camisa azul marino a reventar, libretita y lapicera en mano.
Bajó la ventanilla. El humo y el ruido de un colectivo que pasó muy cerca entró a la cabina y lo hizo toser y aturdirse.
—Buenos días, señor —dijo breve el policía, analizando tal vez la cara de Manuel.
—Cómo le va, oficial —contestó, intranquilo, acordándose de que su viejo una vez le había dicho: “a estos tipos les encanta que les digas oficial”.
—Permiso para conducir, tarjeta de identificación del automóvil y comprobante del seguro, por favor.
—Sí. Acá están.
Le extendió las tarjetas y se dio cuenta de que le temblaban las manos. El agente las chequeó, asintió e hizo una pausa, mirando a su interlocutor. Manuel no se inmutó.
—¿Sabés lo que hiciste, pibe...? —le dijo, indagándolo, e hizo una pausa antes de seguir hablando- No tenés ni idea, ¿no?
—No. No sé, oficial. La verdad es que no sé qué hice.

El policía chistó y negó con la cabeza, con desaprobación casi paternal, quizás para demostrar su fastidio. Él acompañó el gesto, y trató de imaginarse qué carajo había hecho. Ya se le vino a la mente la cifra de doscientos cincuenta pesos o algo así de multa.
—¿Ves ese cartel? —alzó el brazo señalando hacia delante. Mientras asentía a la pregunta sin decir nada, Manuel se lamentó al ver, algunos metros más allá, el cartel, bastante evidente: un círculo azul con un auto dibujado, cruzado por una franja roja en diagonal.
—Eso quiere decir -continuó el agente- que por esta avenida no pueden circular automóviles particulares; sólo taxis y colectivos.
Tenía una voz baja y perezoza, como si acabara de levantarse de la siesta. Manuel suspiró largo, mirando hacia el volante.
—Claro.
—Y vos estás manejando en zona prohibida...
-Entiendo...

Hubo una pausa. El policía pestañó varias veces con otro gesto de fastidio, siempre mirando hacia más allá. Parecía sentirse realmente incómodo por tener que comprobar la impericia de los jóvenes al volante.
—No puede ser, che... —protestó, casi diríamos defraudado—, vos tenés que mirar bien por dónde vas...
Manuel no contestó nada.
—¿Sos consciente de la infracción?
—Sí, sí. La acepto —respondió—. La verdad, le digo para ser sincero, es que no vi el cartel, realmente no lo vi. Yo nunca ando en auto por acá.
El policía chistó una vez más, haciendo ese gesto con la boca. Y se acercó un poco más la ventanilla.
—¿Para dónde ibas, pibe?
—Bueno, venía de San Telmo, y pensaba agarrar 9 de julio hasta Libertador, y de ahí hasta Palermo. Yo vivo en Palermo.
—Claro... pero por acá de lunes a viernes no se puede pasar.
—Sí. Ahora ya lo sé. Pero francamente, no lo sabía. No tengo nada que decir.
—Claro...

Una pausa decisiva. El policía miró hacia otro lado, hacia la avenida, los colectivos y los taxis, mientras Manuel se preguntaba qué venía ahora. Pensó en la deuda que tenía con Lucas. Todavía le debía doscientos mangos, y estaba con la guita justa.
—Y bueno —dijo el policía gordo y canoso, y se ajustó el cinturón del pantalón—, ¿qué hacemo’?
¿Cómo que qué hacemos?, se preguntó Manuel, mientras caía en la cuenta, todavía no muy curtido él, de que estaba en una encrucijada.
—Y, no sé... —contestó, y su respuesta fue bastante sincera.
—Mirá —replicó el policía cerrando los ojos, como quien explica un juego de cartas a un recién iniciado—, la multa por esta infracción son unos... ciento noventa pesos… Vos hacé lo que te parezca. Pero te digo sinceramente que es un dolor de cabeza. Son ciento noventa mangos...
Una mezcla de sensaciones invadió su cabeza. Imágenes. Estos son los momentos —se dijo— en donde se comprueba quién es verdaderamente honesto y quién se llena la boca con palabras. Ciento noventa pesos. Era casi lo que le debía a Lucas. No, pero el concepto. El concepto era lo importante. ¿Vas hacer la fácil, te vas a escapar por el resquicio, como el típico argentino medio? ¿Vas a alimentar la convicción de este gordo sucio, de este yuta ventajero, de que todos somos la misma basura? ¿Vas a contribuir a hacer todo un poquito más espúreo, vos que siempre condenás la corrupción?
No sabía qué hacer. Se sentía involuntariamente metido en una situación desagradable, y que no sabía manejar. Como para no tomar una decisión sobre nada, optó por seguir tanteando.
—¿...Y cuánto sería? —preguntó, horrorizado por sus propias palabras.
Pensó en el clásico dicho, “esta generación está perdida”, y eso le clavó todavía más el puñal de la culpa.
—Ah, no sé. Eso lo decidís vos.
Peor. Todo recaía sobre sus propios hombros. Jamás había visto a sus viejos coimear a un policía. Al contrario, ellos siempre habían logrado disuadirlos con argumentos fuertes, y eventualmente, cuando había sido cierto, recordaba que habían pagado sus multas como correspondía. Pero Manuel, inexperto y sin un mango de ahorro, no sabía qué hacer, entre la culpa y la impotencia de saber que él con suerte juntaba quinientos pesos por mes que le alcanzaban justo, y no estaba dispuesto a aceptar que los viejos supieran que le habían enchufado una multa.
Miró hacia la calle, y todo seguía como hasta recién, además del policía gordo que tenía encima: los autos pasando a un costado, el semáforo en verde, los oficinistas, el ruido de los colectivos, los taxis andando lento por la mano derecha... De pronto sacó la billetera del bolsillo y buscó todo lo que había. O bueno, casi. Tenía doce pesos, pero en el fondo, doblado en cuatro contra un ángulo de la tela, distinguió un billete de $50. Era demasiado. Sacó sólo los doce pesos, verificando de reojo que el gordo no alcanzara a ver esta operación.
—Bueno —dijo al fin, levantando la cabeza, con la voz temblando—, no sé, todo lo que tengo es doce pesos. No sé. No sé si es suficiente.
No lo podía creer de sí mismo. No era él. No podía creer que lo hiciera. Qué él estuviera haciendo esto. No estaba actuando racionalmente, simplemente actuaba. Como si una fuerza superior condujese sus actos y sus palabras.

—Está bien, querido, es más que suficiente —contestó rápido el gordo, sin hacer gesto—. Ahora vas a hacer lo que te digo: yo te devuelvo las tarjetas, y vos, tranquilito, lo metés entre las dos.
Como un aprendiz obediente, realizó la operación que le había indicado el agente, y le alcanzó otra vez las tarjetas, temblando de miedo.
Bajó la mirada. No quería ver la satisfacción de ese sapo inmundo, el placer de sacarle plata a un pendejo y comprobar el éxito de la fórmula una vez más. Y no quería verse a sí mismo en aquel sapo inmundo.
—Tomá, pibe —el policía le devolvió las tarjetas y se detuvo un instante—. ¿Sabés por qué te digo que es más que suficiente?
Manuel levantó las cejas preguntándose qué venía ahora.
—No. No sé.
El gordo se acomodó en una postura reflexiva y empezó a indicar con su dedo:
—Es más que suficiente porque vos, vos has tenido la entereza de decir: bueno, le doy todo lo que tengo. Eso vale mucho, y te hace ser alguien distinto.
Lo dijo con una solemnidad notable. Y continuó:
—...no todos son como vos. No no. Vos has tenido la entereza de reconocer tu error, y hacer lo que fuera necesario para resarcirlo. Así que, pibe, yo te felicito, en serio, y te deseo la mejor suerte.
Manuel no entendía dónde era que había algún tipo de dignidad en todo eso. No supo qué contestarle; estaba confundido y a la vez algo empezaba a molestarle.
—Ahora —dijo nuevamente el policía— escuchame bien. Doblás acá en el semáforo de giro en Suipacha, ahí salís a Carlos Pellegrini y podés bajar hasta Libertador, ¿entendiste?
Manuel asintió.
—Y tené cuidado para la próxima, mirá bien los carteles y cuidate, que hay mucha gente de mierda por la calle.
Y le palmeó el hombro.
—Gracias... —dijo Manuel, sin estar muy convencido de que tuviera que decirlo.

Se fue manejando, aturdido. Al llegar a su casa guardó el auto en el garage y no se lo comentó a nadie, avergonzado. Pero por suerte, al día siguiente el asunto dejó de herirlo como esa noche, e incluso lo comentó como broma en una reunión de amigos.

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