Sin la menor intención de ponerme escatológico, hoy quisiera rescatar todos aquellos momentos en los que, cada día o día por medio, según el organismo de cada cual, sobreviene el inevitable pero tan fructífero acto de ir al baño a cagar.
Para nada voy a fomentar la morbo; muy por el contrario, deseo enfatizar la sacralidad de este vital espacio de tiempo que rodea al acto que a todos nos toca vivenciar, y que además de redimir nuestro cuerpo, sirve como excusa para realizar las más variopintas actividades de nuestra existencia.
Más aún, estoy en condiciones de afirmar que, con independencia de cuál sea la actividad paralela a la que nos convoca, durante las largas pausas que voluntaria o involuntariamente nos concede la tarea central, el ser humano logra alcanzar un estado de máxima concentración, creatividad y percepción mental, lo que da como resultado que cualquier actividad realizada (como por ejemplo, leer una novela, escribir un artículo) adquiera un nivel de profundidad y calidad virtuosos, superior al resto de nuestros momentos de la vida cotidiana.
Esto, claro, forma ya parte de un mito que quizás nos haría sospechar de su veracidad; muchas voces han venerado ya las cualidades positivas de este momento místico y personal de la vida humana, y mucho se ha exagerado o incluso mentido acerca de hechos cruciales del devenir histórico y artístico que, supuestamente, se habrían pergeñado desde el inodoro o bacinilla de un simple baño. No obstante, como en el mundo de la cultura lo más complejo es separar la paja del trigo, me animo a sostener que, mitos y mentiras aparte, el acto de cagar tiene un gran e insospechado potencial creativo, el cual -atención, amigos- no todos tienen en claro. Hay gente que lo sufre, o que lo toma como un mal necesario, de trámite lo más rápido posible, y también hay otra gente -la mayoría en general- que encuentra en el acto de cagar una mera fuente de hedonismo orgánico, autocomplaciente, o que lo alimenta con revistas de lectura fácil, o libros de baja calaña.
Sin embargo, pocos se han planteado seriamente la posibilidad de reservarse un auténtico par de horas para este acto providencial, y asignarle tareas que sean importantes para las cuestiones de cada cual. He sabido de profesionales que han escrito los párrafos nodales de ciertos informes para el Banco Mundial en un cuaderno apoyado sobre las rodillas desnudas, científicos que han encontrado, en este estado de relax mental y pantalones bajos, el eslabón que faltaba para verificar determinadas hipótesis cuya resolución parecía no condecirse con los resultados de la experimentación; también recibí comentarios de buenas fuentes acerca de un número significativo de decisiones de divorcio y de casamiento cuyo valor fue encontrado en la intimidad de ese paisaje cercano y protector de cerámica y azulejos, o de artistas que encontraron esa inspiración que les andaba faltando en el hediondo sopor de su propia excrecencia, quizás porque todos ellos eran conscientes de la relevancia capital de este rato mágico, y lo explotaban con fruición (el cual, por supuesto, no es mi caso, que no hago más que leer revistas Condorito, pero como teoría me parece muy buena, quizás porque la desarrollé en el blanco trono). Hasta llegué a escuchar acerca de una serie de sujetos que, advertidos sobre este fenómeno, intentaron infructuosamente inspirarse sentándose en la tabla del inodoro aunque no tuvieran necesidad de ir de cuerpo.
Lo cierto es que, en cualquier caso, el inodoro del baño, ese fiel destinatario de nuestras más desagradables deposiciones, parece destinado a ser, más que un simple baño, el núcleo abigarrado de nuestra mayor lucidez y apertura mental. Y el acto de cagar, en este contexto, no es sino la máxima y virtuosa expresión de este desarrollo.
Por eso, en tren de homenajear la importancia de estos ratos aparentemente "residuales" alrededor de la afilada de uñas contra la pared, del monstruoso esfuerzo físico que reclama el esfínter, ratos en que se encienden todas las luces de nuestra subjetividad, levanto mi copa y le digo, al hombre y la mujer de todos los días: por favor, tómese un buen tiempo para cagar, llevese sus mejores libros y cuadernos, tenga preparado papel y lápiz, porque cagar, le aseguro, cagar es crear.
sábado, 21 de abril de 2007
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