Te veo ahí, mirándome.
Quieto.
Sólo una mano
se mueve.
Apenas una muñeca, y un par de dedos.
Una cara blanca y expectante.
Que pareciera estar haciendo algo con fruición.
Cosquillas en mi pecho.
Y me pregunto,
digo,
yo que no soy más que silicio, circuitos y matemática,
pienso… ¿pienso? ¿me pregunto?
¿En dónde es que están las respuestas que te veo buscar?
¿En alguna de las ventanas que se amontonan en mi pantalla?
¿En alguna palabra clave –una contraseña- oculta con frivolidad en el teclado, frente a tus propios ojos, bajo tus mismos dedos, sobre mi cara?
Es que estás buscando una respuesta, ¿no es cierto?
¿No es cierto que a veces, muchas veces, te acercás a este escritorio sólo con excusas?
¿Acaso negarías que estás buscando una luz por detrás de mis haces de luz?
¿No buscás un reflejo que te desvíe para otros lares?
¿No te quedás absorto, mirando como titila este guión de mierda, cómo aparecen y desaparecen los nombres de una lista invisible, que se construye, y se deforma, y se destruye, y que no es nada más que un reflejo?
¿Estás viendo un reflejo?
¿Estás viendo?
¿Ves cómo pasa la vida de un dedo a otro, en un instante que no fue nunca
más que un reflejo de algo en tus ojos?
¿Ves las guerras, los idiomas, la lujuria, las puntas de las íes, las miles de páginas que no vas a poder atestiguar que fueron leídas?
Porque donde no quedan marcas, el viento no tiene nada para llevarse.
Pero tampoco hay viento
ni multitudes.
Hay, sí
sólo vos,
buscándote
en un mundo que no existe.
.
.
.
martes, 24 de abril de 2007
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